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miércoles, marzo 25, 2009

CHICAS






............Val Gardena

“Andando en la oscuridad, vi que frotando una piedra con otra se obtenía una luz fosforescente. Asombrado intente averiguar la causa; en mi albergue examiné largamente las piedras y, tratándolas con ácidos, llegué a la conclusión de que me encontraba ante una forma de caliza hasta ahora desconocida. Poco después de publicar el libro de mi primer viaje en 1786, leí con gran placer una carta aparecida en el “Journal de Physique” dónde el señor Déodat de Dolomieu hablaba de la misma roca definiéndola como: mineral que contiene calcio y fósforo, precisamente lo que yo mismo había comprobado”

Albanis Beaumont que perteneció al séquito del duque de Glouchester, en el año 1786 viajó hasta más allá del Brennero, se había encontrado con una misteriosa caliza.

Déodat Tancrède de Dolomieu, mineralogista francés y estudioso de la geología alpina, envió pocos años después unas muestras de la roca a Ginebra al profesor de geología, Théodore de Saussure, para que las catalogara; con las instrucciones de que denominara al nuevo mineral Saussurita en honor de su padre, Horacio: El Saussure del Mont Blanc.

En una elegante y plástica decisión, el joven geólogo ginebrino en su informe al Diario de la física, denomina por vez primera al mineral Dolomita, sellando para siempre el nombre del macizo, que bien podría haberse llamado los Saussuritas.





La Marmolada, es con 3344 m, otros dieciocho picos superan los 3.000 m, la elevación más significativa del macizo; fue ascendida por vez primera en el año 1864, un 28 de septiembre por Paul Grohmann con los guías Angelo y Fulgencio Dimai, de Cortina D´Ampezzo.

Antes, en la década de los treinta, concretamente en 1837 el editor londinense Murray publica la “Guía de Viajaros por la Alemania meridional”

Anticipada a su tiempo, esta guía que contenía las montañas del Tirol y el Oeste de Austria, programaba excursiones en diligencia o a pie, para un mes, seis semanas y dos meses. Resaltaba, tanto los miradores más notables, como los lugares propicios para el estudio de la geología.

.........................Alessia

Pero fue en el mismo año que se alcanzaba La Marmolada por primera vez, cuando un libro publicado en Londres y traducido al año siguiente en Alemania: Las Montañas Dolomíticas; excursiones por Carinthia, Carniola y Fruiri, iban a revolucionar él, hasta entonces, casi desconocido macizo.
Gilbert y Churchill, sus autores eran geólogos, botánicos, alpinistas y como no podía ser de otra manera miembros de la Sociedad Geográfica de Londres y el Alpin Club.

En 1873 la escritora norteamericana Amelia Edwards publica en Londres “A Midsummer Ramble in the Dolomites ” un volumen ameno, inteligente y cuajado de anécdotas que obtiene un gran éxito y da el espaldarazo definitivo a la afición por estas montañas, el volumen, que supera ampliamente a su precedente inmediato, es reeditado veinte años después con el título "Untrodden Peaks, Unfrequented Valleys"


Amelia, por alguna hay que comenzar, era una viajera y lo era con mayúsculas. Cuando arrancar con una maleta y subirse a un tren o un navío sustancialmente constituía una aventura de verdad, no como algunos meapilas intentan vender- y lo consiguen-hoy en día.
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En fin, esta señorita, a la cual, la historia trata y reconoce como a la primera egiptóloga; se pateó las Dolomitas de arriba abajo. Lo hizo con una compañera y amiga, Lucy Renshawe, a quien siempre llamó “L” Tenían ambas, un arraigado espíritu aventurero y abominaban del turismo de masas. Su recorrido dolomítico, lo hicieron solas, sin ningún tipo de apoyo, de ahí, que sus sabrosas anécdotas y experiencias una vez transcritas al papel constituyeran un éxito sin precedentes en la apasionante literatura de viajes decimonónica. Un año después, casi por casualidad, pone rumbo a Egipto y la pasión por la tierra de los faraones que surgiría de aquel primer viaje, prendería en ella y no la abandonaría durante el resto de su existencia.
Hecho, que la convertiría en experta y única egiptóloga de la época. Y aunque no fue alpinista, y cronológicamente de haberlo sido, ni mucho menos de las primeras, si lanzó a los cuatro vientos la belleza de los Dolomitas que tendrían un protagonismo muy notable en la historia y sobremanera, en el desarrollo técnico del deporte alpino.

A mediados del siglo XIX, las primeras sufragistas, reclamaron también una reforma del vestido femenino, entre sus detractores se hizo fuerte la idea de que lo que querían era usurpar el poder masculino y hasta su vestimenta, lo que hizo que algunos hombres temieran -algunos, juraría que lo siguen haciendo- que las mujeres llevaran pantalones, porque empezarían a actuar como ellos y querrían los mismos derechos.
Ese, sin duda, fue el motivo para que hasta entrado el siglo XX, las alpinistas, hubieran de sumar a la dificultad de las ascensiones, el lastre de arrastrar consigo: enaguas, faldones y pololos.
Le corresponde al Club Alpino Francés (CAF) el indudable honor de haber contado desde su fundación - en abril de 1874- con las chicas. Es incluso asombroso que dados los estereotipos vigentes en la época, en lo que respecta a la consideración de los valores masculinos del Alpinismo y las connotaciones atribuidas científicamente al sexo femenino durante el siglo XIX, el CAF defendiera desde su fundación el carácter mixto de sus asociados. A partir de esa decisión, de clara inspiración Republicana, comenzarían nuestras compañeras de deporte a mantener un equilibrio entre concesión y transgresión accediendo en nombre de la higiene, la educación y el deporte a una práctica física, cultural y moral, innovadora para su género y en la que muy pronto darían cuenta de su poderío.

Comenzaba el siglo XIX, una paisana de Chamonix era arrastrada literalmente hasta la cima del Mont Blanc por sus vecinos guías, que vieron en tal calaverada un excelente método de lucro. En diversas fuentes figura la fecha del 14 de Julio de 1808, aunque si le damos crédito a Alejandro Dumas, esta ascensión ocurrió en 1811. Cuenta el escritor, que durante su estancia en Chamonix , su guía, Payot, le presenta a María Paradis, la cual, relata su ascenso y en especial su llegada a la cumbre casi desvanecida y en brazos de Santiago Balmat y otro “Chamonuard”
Dicha ascensión no tuvo apenas repercusión dando al traste con las intenciones de los guías: de hacer famosa a María y ricos a ellos mismos. No ocurriría de la misma manera en la década de los treinta, cuando Henriette d’Angeville, más tarde apodada la novia del Mont Blanc (En principio, con muy mala leche), pisaba la cima.

..............Los pertrechos de la expedición (no esta mal el barril de "morapio")
Esta ginebrina, cuyo abuelo probó el filo de la guillotina y su propio padre la prisión, cambió el tormentoso mar de la política por las borrascas de la alta montaña y allá por septiembre de 1838 saludó al mundo desde la cima del Monte Blanco, contaba 43 años.

Resulta emético constatar la frase con la que es recibida por el síndico de Chamonix tras su ascensión:

"...un grand mérite à aller au Mont-Blanc, mais il faut convenir que le Mont-Blanc en aura bien moins maintenant que les dames y montent."


Lo que resulta aún más extraordinario, es que había comenzado a escalar en roca por los macizos calcáreos de su Ginebra natal con diez años de edad y durante los 25 años posteriores a su excursión al techo de los Alpes, continuó hollando, cumbre tras cumbre hasta un número de veintiuna, incluida una invernal con raquetas al Signal de Retord, en el Jura. Remata su carrera a un año de cumplir setenta, ascendiendo el Oldenhorn.


.........................Henriette, en 1870

Alegre, intuitiva y muy inteligente, jamás hizo lo que de ella se esperaba. Un impresentable-incluso para la época- Louis Hermenous, describe en 1848 su ascensión al Mont Blanc de la siguiente manera: “Una tontería de mujer, la Sta d´Angeville, una bromista insufrible, nunca ha soportado las marchas del Himeneo, se divierte con las virginales al Mont Blanc” Obvio, lo que se comenta solo.
Aún, nuestra admirada colega, le haría un guiño a la historia del alpinismo dejando el mundo que le tocó, en 1871, cediendo el testigo a Lucy Walker, a la sazón y en ese mismo año la primera escaladora del Cervino.


En el Overland, con su padre (Sentado) Arriba y de izquierda a derecha al guía Anderegg, A W Moore y su hermano.

Walker, hija de un comerciante de plomo de Liverpool, nació en 1836. A la edad de 22 años y por prescripción médica, comienza a escalar montañas como cura a un incipiente reumatismo. Fue, sin duda alguna, “uno de los mejores escaladores” del XIX. A la ascensión al Matterhorn antes citada, sumó las primeras femeninas al Fisterarhorn y la punta Douford al Monte Rosa en 1862, año, en que también alcanzaría el Mont Blanc. Balmhorn (1866) en este caso, una primera absoluta. Lyskamm (1868), Piz Bernina (1869). En el Oberland Bernés destacan sus ascensiones al Weisshorn y Wetterhorn y la cuarta absoluta al Eiger. Se hacía acompañar de su padre y hermano, también del excepcional guía suizo Melchor Anderegg, pero que nadie se engañe, de una resistencia física excepcional y una determinación a toda prueba superaba a sus compañeros de cuerda.

Baste decir que su ascensión al Cervino fue diseñada por ella misma, ojito: seis años después de Whimper y con la carga emocional que arrastraba escalar la montaña. Al tener noticias de que la también brillante alpinista americana, Meta Brevoort, pretendía hacer lo propio. La Brevoort afincada en París, nunca pudo ascender al Cervino ni a la Meije, cumbre que intentó con ahínco. Siempre, el mal tiempo frustró los deseos de esta notabilísima dama. Observaremos que algunos “hagiógrafos” del alpinismo disculpan el olvido de las escaladoras del XIX argumentando que fueron eclipsadas por el genio de Lucy. Pienso sinceramente, que era tan buena, que no les quedó más remedio que reconocérselo y aprovecharon de manera sibilina la circunstancia, para olvidar, y desgraciadamente en muchos casos, enterrar a sus contemporáneas.
Entre su equipo, destacó en su momento, un elegante y victoriano vestido blanco con el que también alcanzó el Matterhorn- menos mal que no usaba pantalones- y cuenta la leyenda, que no le faltaba jamás una botella de champaña para brindar en las cumbres. Llegó a ser presidenta del Ladies´Alpin Club en 1913, tres años antes de su muerte. Debería haberlo sido del Alpin club, a secas, décadas atrás.

Estas líneas están escritas con la única pretensión de poner sobre la mesa la injusticia con que la historia ha tratado a nuestras compañeras de cuerda, relegándolas a un injusto segundo plano en nuestro deporte.

...................Sin palabras


Existe un magnífico libro escrito por Marta Iturralde, Mujeres y Montañas, y otro, que no le va a la zaga: Cuerdas Rebeldes de Arantxa López, en ellos y desde el punto de vista femenino, mucho más atinado que él de este plumilla se da cuenta de estas y otras historias con la profundidad que se merecen.

Y un apunte final. En honor a la verdad, me las inspiró hace unas semanas, Carmina Suárez( Para mí, la mejor alpinista asturiana de todos los tiempos y sin el menor género de duda, entre las más brillantes escaladoras españolas) durante una conversación en Aciera (Quirós), hace unos meses, en la que recordábamos una anécdota a unos amigos comunes: Al poco de conocerla y escalando en Quirós; tendría el que suscribe unos 15 años (Ella, unos taitantos) viendo la precaria manera con que aseguraba a mi compañero-también de la misma quinta- me advirtió del peligro que corríamos ambos lebreles. Y... en mi estratosférica ignorancia le debí contestar: ¡¡¡Qué dirá esta paisana, porqué no se meterá en sus asuntos!!!


¡¡¡ Tierra trágame!!!
.............................Alfredo Íñiguez.....2008

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